miércoles, 18 de marzo de 2015

Escondida


Cubrí algo de mis arrugas con base, perdí la cicatriz que una rosa me había pintado en la mejilla izquierda. Empolvé mis cachetes coloreando mi tez blanca de un sol al que no me había expuesto. Las sombras se dividían en colores cálidos y fríos. Los oscuros me simpatizaban pero era verano y usarlos simulaba un atentado social. Esfumé sobre mis párpados un color crema, insulso y hasta algo desdichado. Arriba de él, en menos cantidad y con mayor calma, pinté un dorado que disfrazaba mis ojos celestes. Los labios sedujeron a un labial con brillo vistiéndolos más apuestos. Mis pestañas largas se sumergieron en un baño de rímel. Un delicado peinado en detalle, equilibrio y pulso. Culminé y parpadeé cuidadosamente, miré al espejo en busca de imperfecciones, algún rastro malogrado o gotas negras improvisadas.

Mis manos se relajaron y sonreí como un cumplido. Me recosté y cerré los ojos.


Desperté al día siguiente, aun esperando que el rímel no evidencie la fuerza inminente de mi vívido lagrimal.

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